lunes, 15 de marzo de 2010

un paseo con los fantasmas

Ayer, domingo, alrededor de las seis de la tarde, pensaba que uno puede regular sus emociones o bien en base a otras emociones mucho màs placentereas, o merced a la ingesta de determinados psicofàrmacos. Si ante un primer intento la primera de las opciones no rinde su fruto, la segunda puede brindar un efecto pero a corto plazo. La diferencia radica en que la segunda proviene de un laboratorio, y la primera, de las formas del alma o de la piel. De todos tambièn es no menos cierto que existen otras maneras de paliar las tristezas. Sin ir màs lejos, deambular por ciertas calles a ciertas horas me produce un placer que pocos entienden. En tal sentido, poder descubrir o rescatar historias detràs, por ejemplo, de aquellas ventanas empañadas puede resultar el mejor antìdoto para contrarrestar un dolor. Recuerdo que cuando tenìa alrededor de diecisès años, me sucedieron dos hechos que el tiempo no ha logrado desentrañar. Si algo me ha fascinado desde pequeño, eso ha sido lo no conocido, lo intangible, la mano estirada en medio de la oscuridad de un cuarto. Recuerdo que siendo un chico de doce años junto con dos amigos tenìamos por costumbre meternos en cuanta casa abandonada hubiera. No puedo entender ahora còmo era que logràbamos hacerlo, pero el tema es que saltàbamos rejas, forzàbamos puertas, caminàbamos por jardines descuidados, por ambientes hinchados de humedad y de orina de gatos. Como detalle simpàtico recuerdo que siempre llevàbamos linternas y cortaplumas, no vaya a ser cosa que nos sorprendiera la oscuridad en cualquiera de sus manifestaciones. De pequeño vivià en una casa muy fea, a la cual se llegaba atravesando un largo corredor decorado con macetas deshechas y sostenido por paredes descascaradas en las cuales diversas especies de arañas construìan plàcidamente su mundo textil. Ya tenìa identificados a esos insectos y cada tanto les acercaba moscas y hormigas que guardaba prolijamente en frascos de dulces. Atràs de mi vivienda habìa otra casa que hacìa años estaba a la venta, y ni siquiera nadie visitaba. Mis padres tenìan la llave de ese lugar y cuando ellos no estaban, yo aprovechaba su ausencia y me metìa con mis amigos de la infancia. Llevàbamos cigarrillos que le robàbamos a mi padre y algunas revistas con fotos de mujeres desprovistas de ropas. Por aquellos tiempos el atrevimiento pasaba por fumar a escondidas y por besar a una vecina con la luz del cuarto apagada, mientras alguna balada de rock sonaba en un tocadiscos. De esta forma, el misterio me comenzaba a rodear lentamente con su perfume, tal como lo hiciera durante dos soleadas tardes de un invierno de hace mucho tiempo atras.

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