martes, 1 de diciembre de 2009

serían cerca de las tres de la mañana cuando anoche me desvanecí. en un momento el reloj gritó que eran las siete y yo no sabía quién era. entonces miré a un costado y ahí estaba ella, rubia, hermosa, tan extensa, durmiendo con la placidez de una hembra. la abracé muy fuerte y estreché sus pechos contra mi mano. la felicidad húmeda de la noche pasada, apenas unas horas atrás, comenzaba a tomar otra dimensión. estábamos en ese momento de la mañana en el que el mundo es nada más que ese momento. respiré la eternidad de cada segundo, estiré cada minuto. soñe, me relajé nuevamente, y entendí que debía incorporarme. afuera la calle se encendía con el sol de diciembre. como era de suponer, las llaves tardaron en aparecer. nos besamos en medio de un destello tornasolado. comencé a caminar como podía. ella estaba tan hermosa con ese vestido negro.